En una ocasión al presidente Leonel Fernández se le criticó muchísimo por una expresión quizás sacada de contexto: si ustedes recuerdan la expresión era: “que los dominicanos no sabíamos conceptualizar”. Yo fui uno de los que reaccionó en torno a la expresión del Presidente. No me desdigo de esa postura, pero viéndolo bien al Presidente Fernández no le faltaba razón para hacer tal afirmación, aunque eso se vuelva contra el mismo o más bien contra sus más allegados.
Estamos viviendo un momento en el que las cosas parecen tomar un giro contrario al que había llevado durantes siglos y eso no es malo siempre y cuando sea para perfeccionamiento de las mimas, lo que sucede es que ese giro va en detrimento de lo bueno que ello significaba. Una acción que en otros tiempos se veía abominable; hoy es vista como normal y natural. Las palabras no escapan ese giro destructor y cancerígeno en que han entrado una serie de actitudes y comportamientos humanos. La palabra es el atributo más elevado y poderoso que tenemos los seres humanos. Por ella nos diferenciamos del resto de los animales, por ella nos hacemos inmortales. Porque es por medio de la palabra que se queda gravada la vida y los hechos que nos dan vida después de la muerte.
La palabra es tan importante que quienes están privados de ella pasan a formar parte de un círculo muy reducido de individuos a los que el resto lo excluye de una serie de actividades y responsabilidades haciendo sentir a estos conglomerados como auténticos bichos raros. En termino general en la sociedad de todo los tiempo no hay espacio para el que esta privado de la palabra. Si las palabras no fueran importantes uno no se inmutaría cuando alguien nos difama, o nos atropella verbalmente, si las palabras no fueran tan importantes, no dijéramos hubiésemos preferido una galleta en pleno rostro a que nos dijera ciertas palabras.
Vivimos en una sociedad que parece dominada por la imagen, donde la palabra parece ocupar un segundo lugar, cosa que es falsa porque el discurso de la imagen muchas veces para su perfección necesita obligatoriamente la palabra. Nadie ve una película o un noticiero sino le funciona el audio. En unos de los aspectos donde más manifiesta el poder y el significado de la palabra es en el slogan.
Un eslogan no es otra cosa que la pretensión de decir muchas cosas usando las manos palabras posibles. De ahí que ningún slogan es gratuito. Detrás de un slogan o lema hay toda una filosofía, todo un proyecto; por lo tanto cuando un candidato o candidata se presenta como papá o mamá está dejando ver claramente que regirá los destinos de esa nación bajo unos parámetros que si bien funcionan y deben funcionar en un segmento de la sociedad, no por ello tienen que funcionar en el otro.
No nos engañemos, seamos claros, salvo dos acepciones, el Estado Dominicano o para ser más especifico la política dominicana ha sido manejado desde una perfectiva paternalista, clientelista y populista lo mas parecido a un papá apoyador. Hace unos días escuché a un jurista decir que si cierta persona habría la boca se vería en los tribunales. Aunque uno prácticamente haga ciertas cosas, desde el punto de vista del lenguaje y la conceptualización no pude se acusado. Desde la fundación de la República hemos tenido Estados y presidentes paternalistas, pero hasta ahora ninguno salvo Trujillo tuvo la osadía de ir tan lejos. Recordemos que cuando Trujillo quiso llamarse benefactor de la Iglesia y padre de la patria nueva comenzó a resquebrajarse su poder.
En ningún país de América o de Europa que son las referencia más cercanas y más influyentes, ninguna persona que aspire a dirigir los destinos de una nación en la actualidad ha ostentado llamarse padre, aunque lo sea en la práctica, pero no estamos analizando la práctica, sino la cuestión del lenguaje, que es la que nos resulta a muchas personas irreverente, chocante y en la que no nos sentimos representados. Porque creemos que el Estado ha de ser dirigido por un Estadista, no por un papá o una mamá.
Podemos hablar de padre de la democracia, por cierto no de Joaquín Balaguer, podemos hablar de padre o madre de la educación, de la comunicación social, de la literatura, de la ingeniería, pero el concepto padre de la nación dominicana, solo le pertenece a tres hombres: Juan Pablo Duarte, Francisco del Rosario Sánchez y Ramón Matías Mella.
Conocemos muy bien el carácter campechano que a veces raya en la vulgaridad que caracteriza a muchos militantes de PRD. El PLD por su parte se ha caracterizado por ser un partido de la estética y la elegancia en discurso. De modo que el mote de mamá no le pega a La Primera Dama. Aclaro desde el punto de vista conceptual, como tampoco le pega a Hipólito, aunque dado su estilo tal pretensión no nos sorprende.
Vuelvo aquellas críticas lanzadas contra el Presidente Fernández cuando en una expresión quizás un tanto descontextualizada dijo que los dominicanos no sabíamos contextualizar. No estaba tan equivocado el Presidente en su momento, pues de ser así no estuviéramos aprobando tan alegremente estos dos slogan de campaña; incluso promovidos por los más cercanos al Presidente. Para todo aquel que le importe lo que hay detrás de la palabras estos slogan constituyen insulto ante que una propuesta.