Simone Weil: revolucionaria y ¿santa?

 A menudo pensamos que las vidas de los filósofos y las de los santos no tienen nada en común. Es decir, que un filósofo no pueda ser también un santo o que un santo no pueda ser a su vez un filósofo. Error. La historia nos enseña que en la Edad Media hubo filósofos que fueron santos, como San Agustín, San Anselmo y Santo Tomás, y en la Edad Moderna tenemos el caso de Tomás Moro. Pero ¿y en la actualidad? ¿Hay algún filósofo de nuestra época que ha sido santo? Otro error. En 1998, Juan Pablo II canonizó a Edith Stein, una filósofa que había sido discípula de Husserl antes de meterse a monja, y la convirtió en Santa Teresa Benedicta de la Cruz. Era la primera vez en la historia que se convertía en santa a una judía.

¿No podría convertirse en santa Simone Weil?
simoneMuchas personas consideran que su vida fue digna de una santa y, aunque nunca llegó a bautizarse, merece este título tanto o más que Stein. Otros no necesitan que ningún papa les certifique lo que ellos ya saben: que nos encontramos ante una de las grandes místicas de la modernidad, a la altura de Teresa de Ávila o Juana Inés de la Cruz.

Pero una mística que hace tambalear nuestras concepciones habituales de la santidad con revolucionarias afirmaciones. Como cuando afirma en Carta a un religioso que su vocación “es ser cristiana fuera de la iglesia”. O que “de dos hombres sin experiencia de Dios, aquel que le niega es quizás el que está más cerca de él”. ¿Cómo podríamos considerar santa a alguien que dice semejantes cosas? Además, Weil fue muy crítica con la Iglesia Católica. Por ejemplo, en La gravedad y la gracia podemos leer que “la Iglesia ha sido un gran animal totalitario” y que ha sido “la iniciadora de la manipulación de toda la historia de la humanidad con fines apologéticos”. Y en sus Escritos históricos y políticos: “Yo no soy católica, aunque nada católico, nada cristiano me haya parecido nunca ajeno.

A veces me he dicho que si se fijara a las puertas de las iglesias un cartel diciendo que se prohíbe la entrada a cualquiera que disfrute de una renta superior a tal o cual suma, poco elevada, yo me convertiría inmediatamente”.

Su decisión de no pertenecer oficialmente a la Iglesia católica estaba motivada por su deseo de no separarse del destino de los desdichados: “No puedo dejar de preguntarme si no querrá Dios que existan hombres y mujeres que, entregados a Él y a Cristo, permanezcan, sin embargo, fuera de la Iglesia. En todo caso, cuando me imagino concretamente y como algo que podría estar próximo el acto por el cual entraría en la Iglesia, ningún pensamiento me apena más que el de separarme de la masa inmensa y desdichada de los no creyentes”, dice en A la espera de Dios (Trotta, 2009), su autobiografía espiritual.simone-2

Es como si Weil quisiera estar a la vez dentro y fuera de la iglesia, como si quisiese y no pudiese conciliar su vocación filosófica (su pasión por la verdad) con su hambre de Dios. Su biografía condensa el típico conflicto entre la fe y la razón que tanto atormentaron a otros pensadores similares, como Agustín, Pascal, Kierkegaard, Unamuno o Wittgenstein.

Pero ¿quién fue Simone Weil? ¿Qué tiene de particular su vida como para que muchos la tilden de mística y de santa? Veamos algunos de los episodios más significativos. Nació en París en 1909 en una familia burguesa de judíos agnósticos. Su padre fue un médico destacado y su hermano André, dos años mayor que ella, llegaría a ser uno de los matemáticos más importantes de su generación.

Dotada de una inteligencia excepcional, a los 14 años sufre una crisis espiritual que le “hace pensar seriamente en morir” al comparar sus dotes intelectuales con las de su hermano, un genio precoz. A los 19 entra en la Escuela Normal Superior, una de las universidades más prestigiosas de Francia y con 22 obtendrá una plaza de profesora de instituto.

Quien mejor ha descrito a la joven Weil de aquellos años ha sido Simone de Beauvoir, que fue una de sus compañeras de estudios: “Una gran hambruna acababa de asolar China. Me contaron que cuando lo supo se puso a llorar. Estas lágrimas motivaron mi respeto, mucho más que sus dotes como filósofa. Yo envidiaba un corazón capaz de latir a través del universo entero.

weill 3Un día logré acercarme a ella. No recuerdo cómo comenzó la conversación; afirmó de manera tajante que solo había una cosa importante: hacer una revolución capaz de saciar el hambre de todos los hombres. Yo contesté que el problema no consistía en la lucha por la felicidad de los hombres, sino en dar sentido a su existencia. Entonces me miró y contestó tajantemente: «Se nota que usted nunca ha pasado hambre». Nuestra relación acabó allí. Me percaté de que me había catalogado como una pequeña burguesa espiritualista”.

 Del lado de los perdedores
Es por aquel entonces cuando Weil se implica en el movimiento anarco-sindicalista, cuando apoya a los obreros en paro y cuando la prensa de derechas empieza a llamarla “la virgen roja”. A los 25 años decide trabajar durante un par de años en varias fábricas, experiencia que marcará el resto de su vida. “En la fábrica, confundida a los ojos de todos, incluso a mis propios ojos, con la masa anónima, la desdicha de los otros entró en mi carne y en mi alma”, escribirá.

Desde entonces, se consideró siempre como una esclava. A raíz de esta experiencia escribirá uno de sus textos más emblemáticos, La condición obrera (Cuenco de Plata, 2010), que junto con Reflexiones sobre las causas de la libertad y la opresión (Paidós, 1995) reflejan muy bien sus preocupaciones de aquellos años. Ningún intelectual de izquierdas había intentado comprender desde dentro cómo vivía el obrero su día a día, experimentar su alienación cotidiana, su cansancio extremo, su humillación, sus angustias. En eso se adelantó casi dos décadas al movimiento de los curas obreros y tres a los teólogos de la liberación. Ningún pensador de entonces había sido capaz de comprender que Marx también se había quedado corto en sus análisis.will 2

Su descripción de esta nueva forma de opresión se parece mucho a lo que Hanna Arendt denominará después “dictadura de lo impersonal”. En este sentido, Weil se anticipa (una vez más) a las críticas a los totalitarismos de los años 50 y 60. Camus llegó a escribir que “desde Marx el pensamiento político y social no había producido en Occidente nada más penetrante y profétic

Cuando estalló la Guerra Civil en España se alistó como voluntaria en el bando republicano y formó parte de la columna de Durruti. Al descubrir cómo los milicianos hablaban sin darle importancia de cómo habían matado a este sacerdote o a aquel fascista, tuvo “el sentimiento de que, cuando las autoridades temporales y espirituales han puesto una categoría de seres humanos fuera de aquellos cuya vida tiene un precio, no hay nada más natural para el hombre que matar”.
A finales de los años 30 tiene tres experiencias místicas que serán determinantes en su evolución. La primera le sobreviene al contemplar una romería en Portugal de una tristeza desgarradora: “Allí tuve de repente la certeza de que el cristianismo es por excelencia la religión de los esclavos, de que los esclavos no podían dejar de adherirse a ella, y yo entre ellos”. La segunda le sucede en Asís, en la pequeña capilla románica del de Santa María de los Ángeles, cuando “algo más fuerte que yo me obligó, por primera vez en mi vida, a ponerme de rodillas”. Y la tercera tendrá lugar en la abadía benedictina de Solesmes, cuando sintió, mientras recitaba interiormente un poema a modo de oración, que “Cristo mismo descendió y me tomó”.

Últimos sacrificios

En los años 40 se exiliará en Marsella, donde trabará amistad con el filósofo católico Gustave Thibon, el sacerdote dominico Joseph-Marie Perrin, ciego, y el poeta Joël Bousquet. A este último le escribe lo siguiente: “Felices aquellos para quienes la desdicha incrustada en la carne es la desdicha del propio mundo en su época, pues tienen la posibilidad y la función de conocer en su verdad, de contemplar en su verdad, la desdicha del mundo. Esa es la función redentora”.
También por aquellos años escribirá a Antonio Artarés, un anarquista español preso, a quien no conoce personalmente. Son cartas de una delicadeza y sensibilidad suprema que recientemente se han publicado en Simone Weil: la amistad pura (Narcea, 2010).

obreritoEl exilio continuará en Nueva York y en Londres, donde morirá en 1943, con apenas 34 años, aquejada de una tuberculosis que se agravó por su negativa a comer más alimentos que quienes luchaban en el frente. A pesar de su juventud, dejó una obra inmensa sin publicar (se prevé que sus obras completas ocupen 17 volúmenes) que poco a poco se ha ido conociendo.

Quién sabe, quizás Simone Weil sea el próximo filósofo que se convierta en santo: el primer santo no católico. Tal vez ella instaure una nueva santidad que esté a la altura de nuestro tiempo. Ya lo dijo ella misma: “Hoy, ni siquiera ser santo significa nada; es precisa la santidad que el momento presente exige, una santidad nueva, también sin precedentes.

Fuente

http://filosofiahoy.es/index.php/mod.pags/mem.detalle/relcategoria.4209/idpag.5801/v_mem.listado/chk.07e243a9af3a20453f0dfdda43bc0aa8.html

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